martes, 17 de septiembre de 2013

La escuela de antaño

CADA MAESTRILLO TIENE SU LIBRILLO. En 1900, el panorama de la escuela española era un tanto desolador. A pesar de que desde el año 1857 los gobiernos contaban con una buena ley, LA LEY MOYANO, capaz de poner orden en el caos, de hecho nadie la aplicaba. “Cada maestrillo tiene su librillo”, se decía, y era cierto. Míseramente retribuido, poco considerado socialmente, basaba su trabajo en la autoridad personal, una rígida disciplina y el respeto que los alumnos le debía y por el que jamás cuestionaban sus decisiones. Ser maestro era una vocación. Para sus discípulos, era la guía y el modelo a seguir; le temían, aunque también podían venerarle. En los pueblos y ciudades pequeñas se le consideraba parte de las “fuerzas vivas” locales, junto con el cura, el farmacéutico y el médico. "LA LETRA CON SANGRE ENTRA". Puesto que la función del maestro se basa en el principio de autoridad, en la escuela los castigos estaban a la orden del día y, según quien los aplicara, podían ser en verdad crueles y humillantes para el alumno. Cualquier falta o incumplimiento de la norma, por leve que fuera, era merecedora de una reprimenda o un penalización. Los castigos más habituales eran colocar al alumno en un rincón, de cara a la pared, con pesadas pilas de libros en las manos ; los palmetazos en las manos con la regla..etc . Era también costumbre hacer que el alumno copiara cien veces una frase relacionada con el delito, como “No hablaré en clase” o “No contestaré a mi maestro”.

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